Erótico: La dócil Jefa
11 09 2007Los días de trabajo eran cada vez más largos. Torres de documentos sobre escritorios escogidos aleatoriamente, y yo, un joven que lleva sobre sí a un jefe y mujer además, debo cumplir con muchas más exigencias laborales que las hasta ahora comunes.
Eran las 10 de la mañana. Comienza el día.
Bases de datos, cartas, y mi insoportable jefa es lo que desayuno. - Necesito que me limpies el escritorio - fue con lo que me saludo. No me partí el lomo estudiando para tener que limpiarle el escritorio a tan efusivo ser, delegué esa tarea y seguí permitiendo que el computador consumiera mis ojos.
- Los papeles aquí en 5 minutos -. Ya mi paciencia esta llegando a límites incontrolables, pero sigo trabajando, pendiente de las acciones de la “Reina del Mambo”. Habla por teléfono, sigo aprovechando el tiempo, son demasiados papeles.
Sigo viendo por las persianas, todavía esta al teléfono. Ya pasan las 11 de la mañana. Quiero tomar pausa en el almuerzo, vamos a ver si me deja.
Tecleos, correcciones, corredera, es lo que hay en los minutos entre las 11:30 y 11:45. Ya la jefa no habla por teléfono; creo que viene por ahí. Busco apresurado su agenda para que me diga fecha y hora de las próximas reuniones corporativas que tendremos y donde no puedo faltar, bolígrafo en manos espero que salga pegando gritos y dando órdenes. No llega.
Entro a su oficina con los documentos hasta ahora listos, los dejo en el escritorio y llego al baño a “cambiarle el agua al pájaro”. Puerta cerrada. Luz encendida, luz apagada, se enciende un cigarrillo, ella abre sus ojos de un verde tan claro que casi no se puede definir el color. El humo y la nicotina suben al techo después de una inhalación profunda, y ya no es tan imponente sino pretenciosa, misteriosa, tan malcriada, tan exigente, tan regia, ahora es una bestia que permite ser domada, ahora es la dócil jefa.
Blazer negro, al igual que su falda hasta las rodillas, que hace notar mucho más las anchas caderas que lleva consigo desde que nació (o por lo menos desde que trabajo aquí). Tomándome de la camisa me lleva junto a ella, se sienta en el lavamanos (sabía que no era precisamente trabajar lo que haríamos así que baje mis defensas), y mientras empezaba a sentirla desde su cuello, mis botones eran abiertos entre sus manos.
- Salgamos de la rutina -. Fue lo que dijo mientras sacaba la camisa del pantalón y llegaba a ser colgada en el inodoro.
Recogió su falda hasta tenerla por encima de los muslos, para después quitar mi correa. El blazer que llevaba puesto, fue a parar a cualquier otro sitio de esas pequeñas cuatro paredes menos precisamente su cuerpo.
El roce de sus manos sobre la tela de la camisa le hacía agua la boca, esa presión que mantenía sobre lo que tocaba era la razón de tal reacción.Respira profundo y hace una inmersión explorativa dentro de la bragueta. Lo que consiguió y como lo hizo corresponden a su plena experiencia, solo soy un subordinado que debe hacer que su jefa quede complacida con el trabajo realizado, sobre todo si ella misma lo hace.
Ya la ropa no era parte del momento. El cigarro cayó por la ventana desde que se ocupaba de otro tipo de cosas.
La ropa interior, el brassiere, el tanga no salió de casa, que llevaba quedó guindada a la lámpara que seguía apagada. Un pubis ligeramente afeitado y mis dedos envueltos en sus jugos carnales. Sus delicadas y cuidadas uñas iban trazando rutas sobre mis muslos y bajo el ombligo.
Acalorados, entre el frío y el sudor, dejo que cierre sus ojos en el disfrute.
Un beso brusco. Inserción no esperada. Gemido a boca cerrada.
Movimientos lentos y lenguas que humedecían los labios entre sí.
Se empaña el espejo del baño.
Dejo que recueste un poco su espalda para estar más cómodos y movernos con más ritmo, como si hubiera mucho espacio entre nosotros, y evito que el clímax llegue tan pronto.
Todavía con la virilidad dentro de ella, consigo bajarla del lavamanos para sentarme sobre el inodoro, mientras le seguía ofreciendo ese tipo de trabajos tan forzados a esta mujer que estaba tan deseosa de laborar y yo no sabía.
Los minutos pasaron para los demás trabajadores mientras yo aprovechaba la carne ya condimentada de sus especiales curvas con su respectivo acompañante, no precisamente arroz y tajada, que eran deseos carnales y consumibles en las comodidades de su oficina.
Se acercaba el momento cumbre y el hambre descomunal seguía en pie. Seguían las descontroladas contracciones vaginales y la imagen soberbia de mi humanidad cruzándose con su ahora candidez y diminuto derecho por sobreponerse a cualquier persona que estuviese por debajo de su puesto.
Ya eran más de una hora de sexo desenfrenado y gerencial, produciendo un corto grito, pero consistente en su goce y gemido, donde todavía dentro de ella soy bañado por sus fluidos que explotan mi aguardar, conjugando el orgasmo en un espacio recortado, con unas explorativas pasiones y ferocidades tranquilizadas.
Pasaban las tres de la tarde en el reloj que me había regalado la amable señorita que espera en casa mi llegada. La jefa encendió otro cigarrillo mientras me veía vestir mis ropas arrugadas por su estilizada posición en el suelo.
Le pedí un agradable fin de semana además de unas vacaciones a la firmante de mi paga y comencé tranquilo el trabajo pendiente que esperaba tras cerrar la puerta del baño y pasarle seguro a la oficina, para que ella pudiera recordar la sesión que tuvimos, mientras al salir yo hacía creer que era parte de una reunión con la plana mayor empresarial.







